Un relato de Navidad

Cuento (triste) de Navidad.

Como suena el villancico: “En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna” y, bombas, balas, violencia. La aldea global se estremece en la noche con los alaridos de las sirenas y el pulular de los saqueadores. Los minaretes de las mezquitas recortan su silueta blanca en el rojo sangre del cielo. Las cruces extienden desesperadamente sus brazos de esperanza a través del mar. Y es que, tan sólo en mi barrio llamado México, la guerra contra el narco arrancó la vida a unos 70 mil seres humanos este año.

TIENES SUERTE SI LOGRAS SOBREVIVIR.

Sobrevivir? Algo difícil para el 30% de los vecinos del África subsahariana, que están infectados con el virus del sida, uno de los jinetes del aquelarre de la pobreza, la droga y prostitución. Y si eres mujer, cuidado, susurra tus quejas. O te pegarán, como a una de cada 3 en la aldea, o te matarán, como les ocurrió este año a más de 500 mujeres en este barrio llamado México.

Estamos por cenar. Y recuerdo que casi la mitad de los vecinos de mi aldea vive en la pobreza y miseria y tal vez no cenen o se duerman de desnutrición.

Necesito aire, salgo a pasear. A lo mejor encuentro a Papa Noel y me regala una aldea nueva. Pero es de noche y hay toque de queda en Siria, en Honduras y Palestina, en tantos otros barrios de mi aldea en que la violencia, a veces revancha, a veces justicia, a veces locura, se envuelve en el manto de las sombras para clavarnos el miedo en el corazón.

Así es que me encuentro solo, conmigo mismo. Y me digo que cualquier tiempo pasado fue peor. Al fin y al cabo, hasta hace menos de trescientos años (un instante en la historia de nuestra especie) la población de nuestra aldea, era periódicamente diezmada por las plagas, las hambrunas, las guerras y las catástrofes de una naturaleza más hostil de lo que se imaginan los ecologistas ingenuos. Y ahora vivimos más, mucho más, que hace un siglo, gracias a la ciencia médica, a la higiene pública y al cuidado hospitalario. Y sabemos mucho más, tenemos mucha más educación y 70 de los 100 niños de nuestra aldea global van a la escuela. Y en los últimos 30 años hemos puesto juntas todas nuestras economías, hemos creado más riqueza que en los 30 años anteriores y hemos visto cómo mucha gente de barrios hasta ahora pobres empiezan a ser como los de mi barrio. Y hemos hecho maravillas de inventos tecnológicos, como Internet, como la capacidad de crear vida nueva por ingeniería genética, o como crear máquinas con inteligencia artificial. Tenemos la capacidad de entender lo que pasa en la aldea y contarlo a todo el mundo en el momento. ¿Entonces? ¿No es simplemente una cuestión de tiempo el que este mundo feliz que estamos creando llegue a todos y empecemos la verdadera historia de la humanidad, la de crear y compartir sin destrucción, sin violencia, sin injusticia, sin corrupción, sin opresión, en armonía con la naturaleza? Pero ¿qué naturaleza? Ya más de la mitad de mi aldea vive en áreas urbanas y dentro de poco serán dos tercios, y antes de no mucho, serán más de tres cuartos.

Megaciudades superpobladas de extensión infinita y servicios escasos, en donde respirar, beber agua, hacer sus necesidades, se convierte en una lucha cotidiana. Eso sí, en los barrios ricos de mi aldea disfrutamos de la soledad acompañada de nuestras cabinas sonoras ambulantes, saboreando el placer radiofónico de tertulias esclarecedoras mientras nuestros automóviles se desperezan por la caravana multicolor de los atascos.

Pero me pregunto: No podríamos vivir en una eterna Navidad sin que la simple mención de esta utopía provoque una mueca sarcástica? Sabemos que no, sabemos que cuanta más riqueza hemos creado más iniquidad se produce en su reparto; que cuanto más sofisticado es nuestro sistema tecnológico más gente se excluye mediante la ignorancia; que cuanto más crece nuestra riqueza más se destruye nuestro ecosistema; que cuanto más diversa es nuestra cultura más incapaces de comunicar son nuestras identidades; que cuanto más se extiende la democracia más se manipulan sus mecanismos, y que cuando acabamos con una forma de guerra descubrimos otra más insidiosa.

De repente, la estrella rutilante se detiene en el horizonte y lo veo todo claro: es una Navidad triste porque ha llegado la Navidad, la Navidad de nuestra sociedad. Porque sabemos tanto, queremos tanto, podemos tanto, sentimos tanto, tenemos tantas cosas en nuestras manos y en nuestra mente que realmente podríamos vivir en esa felicidad que nos deseamos burocráticamente los unos a los otros unas horas al año, como quien masculla el buenos días con el que empiezan las jornadas del no ser. Y, sin embargo, seguimos viviendo en la violencia sin remordimiento, en la competitividad sin cooperación, en la insolidaridad sin vuelta de hoja, en la incomunicación unilateral. Y allá los curas, los ayatollás o las ONGs de bienpesantes con sus monsergas morales. La Navidad se heló en nuestros corazones hace tanto tiempo que sólo podemos sentirla en los ojos de nuestros niños, sabiendo que es eso, cosa de niños, que algún día serán tan glaciales como nosotros y empuñarán el kalashnikov para comunicar por Internet la devaluación de nuestras vidas.

Adaptado del original de Manuel Castells

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